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T. Egea. La palabra se hizo luz



En la literatura de este periodo los conceptos y recursos expresivos se radicalizan, y también las ideas, en un frenesí que lleva a exprimir el lenguaje hasta límites máximos. En conjunto, el repertorio de recursos y audacias verbales es de gran amplitud, manifestándose en unos casos la intensidad emotiva, la belleza deslumbrante y la profundidad conceptual; y en otros casos la sátira implacable y corrosiva. El periodo barroco acogió dos estilos que, en principio, parecen tendencias o corrientes diferentes, pero que en ningún caso son opuestas, e incluso se solapan en parte y pueden dificultar el distinguir dónde se encuentra la frontera entre ambas: estamos hablando del conceptismo y del culteranismo.

Actualmente se impone la idea de que tanto culteranismo como conceptismo son variantes del conceptismo propiamente dicho, es decir, son dos formas estéticas elaboradas a partir del concepto lingüístico. Mientras que el Culteranismo es una estética conceptista que sigue el procedimiento de amplificar un mínimo de pensamiento en un máximo de forma laberíntica que impresione y confunda los sentidos, y que se ejerce principalmente sobre el verso, el Conceptismo aprovecha los recursos que ofrece el lenguaje para crear juegos de palabras y dobles sentidos, buscando la densidad, profundidad y sutileza, que tampoco faltan en el culteranismo. Quevedo fue el máximo representante de esta corriente. El origen del conceptismo está en la poesía cortesana del siglo XV: tanto el uso de la glosa, como el desarrollo de la literatura emblemática y didáctica, obligada a utilizar frases breves y conceptuosas, impulsaron la evolución de la poesía hacia fórmulas conceptistas en un sentido amplio.

El Culteranismo o Cultismo busca la ornamentación y belleza exuberante, donde los sentidos juegan un máximo papel apoyados en la riqueza sensorial que ofrecen los recursos literarios, y donde la dificultad de la expresión también es un elemento de brillantez. Para ello, se recurre a un léxico rico y culto, con metáforas audaces y profusión mitológica
y la sintaxis alcanza formas complicadas y retorcidas. Esta corriente está representada por Góngora. Este estilo supone un último eslabón, el punto extremo de la renovación poética iniciada por Garcilaso a partir del petrarquismo italiano. En el camino entre Garcilaso y Fernando de Herrera, Góngora llega al máximo atrevimiento en la metáfora. Los rasgos esenciales del culteranismo se hallan vinculados al sentir estético del sur de España. En esta línea tenemos grandes poetas andaluces: Mena en el siglo XV, Herrera en el XVI, Carrillo y Sotomayor y Góngora en el XVII.
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Gracián, en su tratado de Retórica Agudeza y Arte de Ingenio (1648) elabora una teoría sobre el concepto que aclara la producción literaria de su tiempo. Como se ha dicho, conceptismo y culteranismo se solapan en parte, y hoy en día nadie defendería que los poetas conceptistas no cuidaron la forma, y viceversa, pues Quevedo como digno representante del conceptismo, junto con Lope, han manifestado rasgos culteranos. Por su parte, Góngora también demuestra abundantes rasgos conceptistas.
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Portada de la edición princeps de Madrid. 1642


En realidad, el culteranismo y el conceptismo son un fenómeno general de la época, consecuencia de la erudición y el refinamiento renacentistas. Así vemos que en las demás literaturas europeas surgían escuelas análogas: El Marinismo en Italia, el Preciosismo en Francia, la Escuela silesiana en Alemania, el Eufuismo en Inglaterra.

En resumen, el estilo barroco empieza a apuntar a finales del siglo XVI y primeros años del XVII, aunque persiste aún en la mayoría de los autores el estilo natural del Renacimiento. Como ejemplo de ello tenemos a Miguel de Cervantes, a caballo entre los dos siglos (entre el Renacimiento y el Barroco). En el primer tercio del siglo XVII se forma el estilo barroco y es el momento cumbre de las luchas entre culteranos y conceptistas, coincidiendo ambos en el abandono de la naturalidad, norma suprema del arte hasta entonces. A mediados del siglo XVII, el estilo barroco está definitivamente consolidado. Lo que comenzó como arte de minorías, adquiere ahora la máxima popularidad. La muerte de Calderón de la Barca en 1681 marca el final del Barroco y la decadencia del estilo. El culteranismo ya solo sabe repetir tópicos, y la literatura se llena de vulgaridad y farragosa pedantería. Bien entrado el siglo XVIII, la influencia de la literatura y de las corrientes estéticas francesas instauran el reinado del neoclasicismo en España.

Bibliografía:
- Jones. R.O. Siglo de Oro: prosa y poesía. Historia de la literatura española. Edit. Ariel. 1978
- Alonso, Dámaso: Estudios y ensayos gongorinos, Madrid, Editorial Gredos, 1955.
- Varios. Agudeza y arte de ingenio